Esparcidas sobre los brillos del desayunador quedaron miguitas de las tostadas y miradas silenciosas. No le dirigió la palabra, apenas si vio cruzar un salto de cama en tonos pastel cuando se despidió de ella con la mecánica habitual. Era su última oportunidad, pero tal vez por no extender la despedida más de lo necesario tampoco hoy se lo diría. Se acomodó el saco azul noche y verificó que la corbata calzara prolija en el corbatero de oro que había heredado de su bisabuelo. Frente al espejo inmenso del recibidor, cuando controlaba el reflejo de sus zapatos y pasaba el cepillo de malaquita y pelos de ciervo hindú a las oscuras solapas del traje, un manchón gris tapó la luz de los vitrales.
Evaristo, un poco inclinado y con la vista firme pero vacía le extendió el maletín y el paraguas.
Mientras la reja se abría con la lentitud de las cosas enormes, hizo un gesto casi imperceptible para ordenarle al chofer que volviera. Debía decirle que hoy moriría. Evaristo intuyó el mohín y lo miró por el espejo, pero él prefirió guardarse las buenas intenciones y volvió a poner sus ojos en miradas de enredaderas y azaleas mustias a la vera del camino. Le pesaba la firma de los cuatrocientos cincuenta y dos despidos de la semana pasada y los doscientos que tenía previstos para hoy, pero no mucho. Si la transferencia de fondos salía bien, la gente, el gobierno y todo el país sería un gris recuerdo que se diluiría en los diáfanos amaneceres de Sérifos, una isla de cielos griegos.
El semáforo ahora está en verde pero cuando el BMW llegue a esa esquina estará en rojo. Al borde de la vereda hay unos negritos vendiendo estampitas y lapiceras y golosinas, o lo que sea que les traiga Cepillo; pero pronto, cuando el lujoso auto alemán se detenga a centímetros del bache lleno de agua sucia y viento, esos chicos serán otra cosa. Él sabe que la ciudad es un peligro, y más ahora; sin embargo, nunca ninguna amenaza telefónica logró doblegarlo. Las ruedas van haciendo una huella gris al desplazar la fina capa de agua que se juntó en la avenida durante horas de garúa. Cuando el auto llegue a la esquina se va a detener y Evaristo le va a decir a él que cierre la ventanilla y él sin mirarlo tampoco lo va a escuchar.
El Ñato es más bien chiquito, de cachetes gordos y nariz chata, labios gruesos y pelo tupido sobre la frente que le hace sombra en los ojos tristes. Cuando está quieto refugia la mirada en el piso, pero cuando entra en acción la calle es de él, serpentea entre los autos con gracia y agilidad dignas de un atleta de olimpíadas; está siempre atento, en vigilia permanente, como un tigre acechando un ciervo.
Ahora estaba nervioso, el trabajo era distinto pero no mucho. Cepillo le había encargado que hiciera bajar de un BM azul plomo a un ricacha de pelo blanco, y le dio un papelito con la patente del auto. Hacía frío y lloviznaba, por eso se puso la gorrita celeste con visera y se enfundó en la campera marrón con capucha. Por eso y para protegerse de los vidrios, si tenía que romper alguna ventanilla.
El negrito se le apareció de la nada. Intentó estirar el brazo al comando para cerrar el vidrio, pero fue la segunda vez en el día que abortó un gesto. En esta ocasión decidió enfrentar la situación como un hombre. El corazón le latía rápido y los nervios le dolían en el pecho. Se miraron. Los corazones de él y del Ñato latían al unísono. Aunque por razones opuestas, por primera vez en mucho tiempo los dos miraban atentos a los ojos atentos de alguien que los miraba a los ojos. En ese instante el Ñato supo que todo saldría mal. Dos Argentinas inmiscibles se enlazaron en contemplaciones que se hicieron una sola. Una Argentina saqueadora, pedigüeña y sinvergüenza se cruzó con otra indiferente, dura y grosera.
Con el antebrazo tanteó la Browning 9 milímetros en la sobaquera y el Ñato apretó fuerte el pedazo de caño galvanizado de una pulgada. A esa distancia y en esa posición ganaba el Ñato. Él lo sabía, por eso obedeció sin chistar y bajó a pesar de las súplicas de Evaristo; sabía que alguna vez tendría que responder por las transferencias al exterior que su familia venía haciendo desde antes que naciera, así que ¿para qué demorarlo más?
En el último instante todo se salió de cauce. Quiso correr y echar mano a la Browning, pero Cepillo le había quitado el caño al Ñato y deshizo todo el peso del arma en la cabeza de Migueles, que cayó de rodillas al suelo, manchando el costosísimo pantalón con el barro de una vereda lateral, frente a la entrada de chapa de un garaje. Después se desparramó boca arriba, con los brazos en cruz, las rodillas hacia un lado y los ojos celestes abiertos pero ya sin mirada posible.
El Ñato se abalanzó sobre uno de los bolsillos internos y le sacó la billetera. Cepillo lo apartó de un codazo y sin perder tiempo se arrodilló al lado de la cabeza de Migueles. Mientras la gente pasaba esquivando el charco de sangre sin perturbase y otros chicos se amontonaban para saquearlo, Cepillo insistía:
—Decime Migueles, a la final ¿quién desalojó a quién?
Igual que en el desayuno, Migueles reposó la mirada celeste en el cielo gris y se quedó callado.