Nadie supo como llegaron ni pudo describirlos con certeza y verdad, quienes lo intentaron cayeron en una vertiginosa espiral de locura. Se deslizaban con pesado silencio, como un manto gris restregado en las veredas de roca y gramilla al costado del río. Venían juntos, eran catorce figuras cenicientas y alargadas en busca de nuestro templo sagrado. En privado hablaban repugnantes dialectos tan parecidos a relinchos que ellos mismos parecían no entenderse. A veces alguno pronunciaba una palabra –reconocible sólo por la breve envoltura de silencio– y los otros, sobre todo los de rango inferior, repetían la barrabasada como mantra. Durante el día daban la impresión de arrastrar semblantes de siglos por senderos de piedra; pero al anochecer –por entonces existían hermosos crepúsculos en nuestra ciudad– cuando veían el campanario azul del edificio de roca, les invadía una alegría espantosa. Les estaba vedada la posibilidad de elevar la vista sobre el horizonte (no podían mirar el cielo) y caminaban despacio, extenuados, como si cargaran sobre sus espaldas las emociones de hombres que desean morir.
Como decía mi maestro, terror, desazón y esperanza eran cosas sutiles, pero cosas sutiles que en aquellos seres tenues ejercían su propia e ineludible gravedad.
Ahora es demasiado tarde, de nuestra ciudad no quedan más que escombros y sus cuerpos desmembrados yacen esparcidos por calles y plazas; sin embargo, ninguno de los que sobrevivimos tiene dudas de que fue la creencia ciega en el libro prohibido la culpable de semejante carnicería. Desde hacía tiempo en varios cenáculos de nuestro pueblo circulaba un rumor, había quienes juraban haber escuchado leyendas sobre la existencia de un libro único, sublime y total. Sostenían que cuando se completaran las catorce palabras que le faltaban se convertiría en un texto que incluiría a todos los otros, los pasados, los que se estaban escribiendo y los que vendrían; no habría relato en el Universo que no estuviese contenido en sus páginas, pero tampoco la posibilidad de novedad alguna. Su poseedor, decían los más pillos –a la vez que haraganes–, tendría en su poder el conocimiento de La Literatura.
Cuando los templarios ingresaron a la ciudad traían un libro entre sus ropas pero sin ocultarlo. Siempre se mostraron simpáticos y respetuosos (al principio, tengo que admitirlo, parecían humanos), contaban con pesado regocijo sus aventuras y cómo solían crear mundos a partir de la nada y vivir vidas paralelas en múltiples interpretaciones. Nosotros, no acostumbrados a la ausencia de la verdad ni al engaño, escuchábamos atentos. Muchos asistíamos a magníficas veladas que organizaban en lugares sagrados con aroma de mandarinas y que con inocente hospitalidad les habíamos cedido. Pero poco a poco, viéndolos saltar y danzar a la hora de las luciérnagas, comenzamos a darnos cuenta de su pavoroso plan. Descubrimos con horror que a nuestras espaldas buscaban las inscripciones secretas del templo para descifrar los catorce nombres de Dios.
Vimos en peligro nuestro hogar y tuvimos miedo ¿Qué otro justificativo puedo esgrimir para lo que vino a continuación? Con furia salvaje les caímos encima y aplastamos sus pechos con los símbolos que ellos mismos habían arrastrado desde los confines del Universo a nuestra patria. Elevamos estatuas y bustos por una suerte de patineta de cobre sólo para hacerlas caer con saña contra sus cuerpos vencidos por los siglos y la distancia. Fuimos implacables y crueles, descuartizamos sin piedad pieles resecas y asquerosas, desgarramos creencias y aniquilamos sin pudor sus mundos de palabras. Cien días duró la batalla contra los catorce seres. Después, aunque todo su mundo dejó de existir, ellos no pudieron morir.
Habían viajado por siglos persiguiendo el arrullo de una esperanza. Buscaban sus nombres olvidados escritos en una piedra sagrada para completar las catorce palabras de su libro infinito. Sólo entonces, creían, las estrellas detendrían sus círculos y se apagarían, y luego, en la oscuridad unánime de la noche eterna, cuando la antítesis de la vida se pudiera rozar con la yema de los dedos, ellos cerrarían sus ojos y por fin podrían dormir.
Pero no es posible, la misma guerra que convirtió ojos en miradas y sonrisas en recuerdos también acabó con las antiguas memorias contenidas en las piedras sagradas del templo convertidas en polvo. Sin morir, los eternos templarios dejaron de existir.
Tengo el libro infinito ante mi y me recorre una sensación extraña, no por la posibilidad conocer La Literatura, sino porque conozco los catorce nombres de Dios. Los escribí hace quince mil millones de años en la piedra sagrada.