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Confesiones de un posmoderno

por Malambo en Bloxito.Reflexiones | 2007-03-12 | 0 Comentarios


Conviene abandonar aquí todo temor; conviene que aquí termine toda cobardía. Hemos llegado al lugar donde te he dicho que verías a la dolorida gente que ha perdido el bien de la inteligencia.

Dante Alighieri
La Divina Comedia, Canto Tercero.


Tembleques engreídos, necesitamos de filosofías que cada día recuerden que somos únicos e irrepetibles. Filosofías que no hacen más que disimular la terrible verdad de que no somos más que unos animales simplones fabricados en serie. Todos iguales, salidos de la misma máquina de hacer chorizos. Pero si alguien señala la mediocridad, nuestra vanidad, idéntica a millones de vanidades, estalla furiosa en pequeños y miserables orgullos. Las diferencias de pensamiento entre los de nuestra caterva, diferencias que declaramos profundas, no son más que insustanciales variaciones de pensamientos revueltos con la misma cuchara.

Nos creemos agudos al criticar defectos pero nadie teme la profundidad de la crítica, puesto que lo nuestro es seguir modas buscando complacer al jefe. Incapaces de diseñar un río nuevo, nos vanagloriamos de nadar unos instantes contra corriente. Chatos de lenguas afiladas incapaces de modificar dogmas, pensamos exactamente igual que quienes tienen el poder de asentarlos. Defendemos banderas en vez de crearlas. Nuestra bitácora es rejunte acrítico de opiniones de la autoridad, y nuestra opinión, en el mejor de los casos, una síntesis. Nos creemos originales, pero no somos más que inventores de agua tibia.

No hay espontaneidad, el pensamiento original no existe, el dogmatismo abunda. ¿Y qué tal si lo que nos vienen machacando desde hace años es falso o irrelevante? ¡No, no puede serlo! gritamos, ¡penetración de ideas totalizantes! y sandeces por el estilo se abren paso a través de nuestros dientes apretados. Porque fábrica de mediocres, nuestra filosofía nos calma diciendo que todo es según el cristal con que se lo mire. Y nos adherimos al eslogan con fuerza, no porque lo hayamos descubierto justo sino porque nos evita el trabajo de pensar.

Como la senda de adecuar nuestras ideas a la realidad es ardua, nos inventamos una realidad a nuestro enano alcance. Y lo importante no es ya la verdad sino que el otro crea nuestras fantasías.

No nos interesa la verdad y en éxtasis delirantes afirmamos que no existe. Y como la mentira es la anti-verdad deliberada, los mentirosos cuentan con nuestra obsecuencia. Además de mediocres y haraganes, también somos inmorales pragmáticos y lo mismo que un día fue verdad porque resultaba útil a nuestros fines, al otro resulta falso si nos entorpece el camino.

Como somos limitados, parcelarios, localizados y provincianos negamos la universalidad, no porque lo hayamos demostrado (no podríamos hacerlo), sino porque las autoridades intelectuales lo dijeron antes y nosotros somos sus fieles y obedientes seguidores. En realidad no podemos hacer otra cosa que estar a favor o en contra. Nuestra filosofía nos ha quitado la libertad de crear.


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