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Abracadabra, Plutón

por Malambo en Bloxito.Ciencia | 2006-09-20 | 0 Comentarios


Yo no sé por qué me engancho con estas cosas, la verdad. El tema se trató con extensión durante las últimas semanas y se hizo con tal profundidad que no hace falta agregar nada más. Sin embargo aquí me tienes, erre que erre con el asunto de Plutón.

Resulta que Sebastián citó una columna suya que copié y pegué en una entrada anterior. Desde su blog llegué a la versión digital de una nota de Natalí Schjetman publicada en el suplemento Radar del diario porteño Página/12.

En ese artículo, Natalí revisa el impacto que causó en la fauna astrológica local (argentina) la noticia de la redefinición del concepto “planeta” por la Unión Astronómica Internacional (UAI). Hay posturas muy graciosas, pero resalta una que a contracorriente del resto connota sin tapujos el pensamiento mágico:

Perder al regente no es poca cosa: es como quedarse sin padre, sin ley, de modo que además de llorar y vestirse de luto, también podrían los escorpianos llegar a comportarse muy mal (...). ¡Habrase visto!: ¿quiénes son estos señores para dejar a los pobres escorpianos sin regente moderno?

se lamenta indignada una astróloga. Como si el cambio de nombre, cual conjuro perdido, modificase algo la realidad del cuerpo celeste y su (supuesta y falsa) influencia astrológica sobre “los escorpianos”.

Es inevitable pensar, por lo menos para mi, que si esta astróloga cree que un cambio de nombre puede tener tan profunda incidencia, entonces está reconociendo que la astrología no es más que un pasatiempo sin valor: lo único que hace falta para anularla es cambiar las palabras del conjuro y lo que era ya no será.

Las cosas y sus propiedades existen con independencia de nuestras descripciones, los nombres que les pongamos y el conocimiento que tengamos de ellas. Esta es una vieja máxima del realismo científico: el mundo existe por sí mismo y nosotros podemos conocerlo de a poco y cometiendo errores. El reconocimiento y corrección de un error no cambia la realidad de la cosa investigada, sino la comprensión que tenemos de ella. La pretención de que un cambio en el conocimiento pueda provocar sin más un cambio en las cosas es un resabio del pensamiento mágico. La creencia en conjuros de este tipo, sin embargo, no sólo ha afectado a la astrología, una disciplina sin sentido. En alguna época los físicos también cayeron víctimas de sus encantos.

La construcción del conocimiento científico tiene dos piedras angulares: razón y empiria. La razón sin apoyo empírico es puro devaneo académico, la empiria sin razón es inútil más allá de nuestro entorno y por lo tanto inútil para la ciencia, que pretende descubrir relaciones entre propiedades ocultas a la experiencia inmediata. Muchos dicen que el empirismo que dominó la filosofía de la Física desde un poco antes de la emergencia de la Física Cuántica fue una reacción al charlatanismo espeso de los que hablaban sin anclar el conocimiento en el experimento. Es posible que sea así, no lo discuto. Admito que el empirismo haya marcado un avance filosófico en relación con lo que había en aquella época. Pero de ahí a aceptar que el experimento determina la realidad hay un trecho.

Allá por la segunda mitad de la década del 30, la escuela de Copenhague aseguraba que las teorías físicas no se referían a cosas autónomas, independientes del observador, sino a una amalgama que llamaban “situaciones experimentales” o fenómenos (Bohr). Estos fenómenos, por definición, no sólo estaban controlados por el experimentador sino que lo tenían como componente esencial. Y así, en una versión más refinada que la de los astrólogos de hoy, en vez de conjurar (Rosenfeld) la realidad con palabras creían hacerlo operando aparatos de medición.

Von Neumann creía, por ejemplo, que en cuanto interviene el experimentador para medir alguna propiedad del sistema cuántico, las leyes cuánticas (ec. de Schrödinger) dejan de valer para dar paso a un artilugio suyo llamado postulado de proyección. El mismo von Neumann fue más lejos al admitir que no estaba claro en que punto estaba el límite entre sistema cuántico, aparato de medición y experimentador. Creía (según cuenta Max Jammer) que el colapso de la función de onda lo producía la mente del observador (¡ni siquiera hacían falta los cambios de nombres, la situación experimental se definía mediante una suerte de acción telepática!).

A pesar de que todavía quedan algunos vestigios positivistas en sistemas teóricos tan avanzados como el de la Física, las posiciones dogmáticas han sido superadas y hoy se admite que la razón (permíteme la reificación) puede llegar a conjeturar conexiones ocultas más o menos acertadas que luego se convalidarán (hasta nuevo aviso) o se refutarán por medio de experimentos diseñados a la luz del razonamiento teórico.

Esa misma razón es la que ha permitido entender que la naturaleza es diferente del conocimiento de la naturaleza; que el incremento del conocimiento de una cosa es un cambio que se da en los cerebros de algunos seres humanos y que por sí mismo no implica la modificación de la cosa investigada; que no es la mente del observador la encargada de proyectar la función de ondas de un cuantón sobre uno de sus autoestados sino la interacción física entre el aparato y dicho sistema cuántico y también, por supuesto, que el hecho que un puñado de seres humanos haya cambiado de categoría a una roca que está lejísimos no disminuye la estupidez de la astrología.


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