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El duelo

por Malambo en Bloxito.No leer | 2006-08-24 | 2 Comentarios


La pradera se extendía verde y prolija desde los arcos de cemento hasta el pié de un bosque de cipreses, allá lejos, en la unión entre la tierra y el cielo. Unas primorosas callecitas de grava blanca dividían el terreno en trozos irregulares pero aproximadamente de la misma extensión. Cada parcela quedaba equitativamente custodiada por enhiestos álamos de sombra firme que lloraban hojas grises sobre un piso hilvanado por placas de cerámica rectangulares.

Un séquito oscuro acompañaba la letanía de un carromato negro, tirado por dos caballos impecablemente blancos, y sobre él a un féretro de roble lustrado. A medida que avanzaba siguiendo el camino sinuoso, la caravana, antes monolítica, quedó disgregada según los afectos. Aunque le correspondía el primer lugar, Marianella Martínez Ordóñez eligió resignarlo y quedarse en el segundo grupo. No es que apreciara particularmente la compañía de aquella gente, sino que los del primer montón le molestaban más allá del límite que la buena etiqueta podía soportar. Sabía, sin embargo, que hastiada o rodeada por una multitud, lo realmente importante era que ella se quedaba sola.

Caminó pasos seguros y decididos con la brisa flotando sus cabellos detrás de los hombros, pero mantuvo las distancias. Desestimó las voces interiores y las caras cercanas que llenas de reproche le urgían ocupar su lugar, volver donde la estaban esperando sin saber que le pasaba.

Estuvo horas eligiendo el peinado, los adornos y la costosísima ropa de luto. Sonrió brevemente al imaginarlo diciéndole como vestirse, buscando por ella las mejores combinaciones y rompió en llantos cuando deseó que una vez más, sólo una, él volviera a exagerar caras de admiración y asombro ante el producto final. Lloró por cada detalle: por las escapadas al mar huyendo del tedio y la rutina; por las miradas furtivas, pícaras, en medio de reuniones importantes; por las risas y los llantos que compartieron durante los intensos años de vida juntos. Lloró por el futuro, por los anhelos en conjunto y por los proyectos individuales que ya no vendrían, por los hijos prometidos y por pensamientos que hace apenas una semana le habían provocado intenso placer. Sintió angustia, culpa, ira, pena, remordimientos. Por primera vez se sintió viuda.

Marianella se secó las lágrimas, puso la mejor sonrisa que pudo, no mucha, pero la suficiente para engañar a los que la rodeaban y salió a resolver los trámites del velorio y el entierro, portando la seguridad y el aplomo que la caracterizaban. Como siempre, se encargaría de los papeles de él; sin embargo, esos que aborrecía, los que ahora estaban en el primer pelotón junto al ataúd no se lo permitieron, le ganaron de mano. Aves de rapiña que se mantuvieron volando en círculos lejanos y ahora, justo y solo ahora, picaban en riña por los puestos más cercanos al banquete final. ¡Que tremenda avaricia! ¡Cuánto ardid!.

Al doblar por la última calle, detrás de los árboles surgió la figura de un hombre alto y cabellos canos. Al pasar junto a él, Marianella vio que tenía ojos profundos, facciones angulosas y que el traje pulcrísimo no lograba disimular del todo la musculatura trabajosamente formada. Enderezó la mirada volviéndola al sol que brillaba sobre el roble lustrado.

Durante el último ritual, por no levantar sospechas, para no mostrarse débil ante esos, libró una larga y feroz batalla contra las lágrimas. Poco a poco todos se fueron apartando y a medida que se marchaban, la idea de permanecer hasta la despedida final creció y se hizo realidad. Por fin solos, pensó. Rió y volvió a llorar desconsolada, a los gritos. De pronto, el perfume suave del hombre alto y bien formado anunció delicadamente su presencia. Marianella apartó sus ojos del hueco donde se había hundido el cajón pero no los alzó del suelo, se limitó a fijarlos en la sombra del extraño, quien con voz sutil aunque protectora le dijo:

—No llore Ud. señora, seguramente encontrará otro hombre aparte de su marido, un amante nuevo capaz de devolverle la felicidad perdida.

—Lo había encontrado —contesta ella, enjugándose los ojos —pero sus restos yacen en esta tumba.


Bloxito.No leer | El duelo (2006-08-24 06:56) | 2 Comentarios

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Comentarios

1
De: Anónima Fecha: 2006-09-01 03:59

Lloró por cada detalle: por las escapadas al mar huyendo del tedio y la rutina; por las miradas furtivas, pícaras, en medio de reuniones importantes; por las risas y los llantos que compartieron durante los intensos años de vida juntos. Lloró por el futuro, por los anhelos en conjunto y por los proyectos individuales que ya no vendrían, por los hijos prometidos y por pensamientos que hace apenas una semana le habían provocado intenso placer. Sintió angustia, culpa, ira, pena, remordimientos. Por primera vez se sintió viuda.

Hay gente que llora por todos los desencuentros diarios...El mundo está muy mal diseñado...

Si no he entendido mal, no hay dos sin tres... Y si he entendido mal si hubo un hombre capaz de hacerla feliz, quiero pensar que podrá haber otros...

¡abrazos!

PD: creo que acabo de sufrir un ataque de puntos suspensivos, pero así se va a quedar...



2
De: malambo Fecha: 2006-09-01 19:47

Seguramente puede haber otros, es cuestión de perspectivas y elección. Pero quizá se encuentre con el Uno y se de cuenta que hasta ahora, por más avanzada que esté la vida para ella, lo vivido fue nada más que un ensayo, un preludio de vida nueva.



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