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Don Carlos

por Malambo en Bloxito.No leer | 2006-05-04 | 1 Comentarios


Las calles de mi pueblo por entonces eran de arena pero en primavera eran de arena y viento. Recuerdo que el lechero no voceaba su mercadería pero el golpeteo de los tarros lo anunciaba de lejos. Don Carlos se llamaba el lechero y era de General Lavalle, un pueblo rural antiquísimo a unos setenta kilómetros de casa.

El carro tirado por un solo caballo siempre me hizo gracia. Era largo y tenía ruedas neumáticas (por entonces, con cuatro años de edad, no entendía que en la arena las únicas ruedas posibles eran las neumáticas).

De Don Carlos sólo recuerdo sus ojos celestes pero sobre todo la forma que tenía de pararse a charlar; aunque no era yo el único al que le llamaba la antención, porque también me acuerdo que en su ausencia se hacían comentarios. Adelantaba una pierna y quebraba la cintura, a continución apoyaba la palma de la mano sobre la pierna que había adelantado y así, con el torso tirado hacia adelante, hablaba con la gente grande.

Sin embargo, recuerdo mejor los sonidos que las imágenes. Recuerdo el golpe de los tachos, el chirrido del eje del carretón, el ruido de la cadena que ataba la tapa del tarro de servicio, el sonido de la leche al llenar el vaso de zinc de medio litro de capacidad antes de pasarla a la cacerola de la doña.

Sí, aparte de ojos celestes y paradas extrañas una imagen blanca y negra recuerdo: la leche espumosa saliendo fresca de la caverna oscura del tarro.

Levemente modificado de un comentario mío en estamosenelmundo.




Bloxito.No leer | Don Carlos (2006-05-04 03:31) | 1 Comentarios

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1
De: Anónima Fecha: 2006-05-04 12:10

Casimiro era el parcelero que cultivaba la parcela enfrente de nuestro pueblo. Le ayudábamos a recoger las bolas (pimientos de hacer pimentón) o eso creíamos. Con los años creo que más que ayudar estorbábamos pero que le gustaba la compañía de los críos. A cambio nos dejaba manejar su carro tirado por un burrito y él se volvía andando hasta su pueblo a unos 3 kilómetros. El momento cumbre del paseo era al cruzar el vado, donde el agua llegaba un poco más alto que la rodilla y había que evitar que el burrito se quedara quieto porque si no luego era muy díficil arrancar de nuevo. Al llegar a casa de Casimiro le esperábamos para que guardara el burro en la cuadra. Entonces llegaba el único momento malo: nos daba una taza de auténtica leche de vaca que a mi, niña de ciudad donde la leche viene en tetrabrick, me sabía a rayos.

¡Abrazos!



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