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De Alfonsín a los caceroleros

por Malambo en Bloxito.Otras cosas | 2005-12-26 | 0 Comentarios


Desde 1983 la opinión pública ha ido evolucionando desde una rígida estructura fragmentada en el seno de públicos ideologizados hasta la diluida pero no positiva opinión pública de hoy en día. Cuando la democracia emergía de uno de los períodos políticos más oscuros y violentos que tuvo Argentina, el público se mostraba altamente polarizado y atento. El escalón entre atención y actividad era uno pequeño. Por entonces los radicales eran radicales y los peronistas, peronistas. Se trataba de una dicotomía rabiosa.

Sin embargo, en la época final de los milicos lo más importante era hacer frente a la sombra del autoritarismo. La gente participaba de la democracia incipiente en marchas y manifestaciones públicas a favor de los partidos y en contra de los militares. También existían la derecha y la izquierda, que tal vez por formar parte de una tradición pintoresca del país no llegaban a constituirse como núcleos duros propiamente dichos. Los pensamientos extremos a ambos lados del centro eran vistos y agasajados por las personas de a pié como reforzadores de la pluralidad de ideologías propia de la democracia.

El presidente de la por entonces Unión del Centro Democrático (UCD, luego UCeDe), el partido de la más rancia derecha argentina a pesar de su nombre, el capitán ingeniero Álvaro Alsogaray, ofreció sus electores a la Unión Cívica Radical (UCR), partido de centro izquierda ganador, aunque "tapándose la nariz, como al tomar aceite de ricino". La Juventud Radical vio la oportunidad de pedirle que se guarde los votos y no la desperdició, pero el capitán ingeniero, por miedo pánico a que el peronismo se hiciera de nuevo con el poder, cumplió su promesa de todas maneras. No sospechaba las vueltas de la historia política.

Menemismo

En 1989 el radicalismo había dejado al país en una situación social calamitosa y llegaron las elecciones a un público con la mayor expectativa de soluciones económicas de lo que va de este último período democrático. Alejado de la posición histórica del justicialismo, Menem implementó la "economía social de mercado", un eufemismo que ocultaba la versión criolla del neoliberalismo impuesto por el FMI en estas pampas.

Con este programa, el peronista Menem consiguió la alineación automática de los partidos de derecha y centro derecha, incluido el del capitán ingeniero, ese que en la elección anterior había apoyado al opositor más rabioso del peronismo. Durante un breve lapso pareció que el país dejaba de tener las líneas políticas tradicionales; los exponentes más importantes de la derecha (capitán ingeniero e hija incluidos) estaban ocupando cargos centrales dentro del gobierno menemista que debía ser, ¡Ay de nosotros!, un partido popular para algunos y populista para otros. Nada de eso.

El giro ideológico del partido más importante de la historia argentina desde 1945 rompió la estructura política establecida. El público cambió opinión por beneficios mezquinos a la hora de tomar decisiones sobre la cosa pública. Comenzó a hablarse cada vez con mayor insistencia del electorado independiente.

El modelo económico, la hiperinflación y la convertibilidad disolvieron rápidamente el poder adquisitivo y con ello sus intereses. Los bloques sólidos comenzaban a deshacerse. En 1995 la gente hizo uso máximo de su pensamiento mágico al creer que el mismo que había metido al país en la emboscada podría o querría encaminarlo hacia un cause de justicia social y sacó sus votos del bolsillo y los puso en la urna del establishment. Volvió a ganar Menem.

El electorado independiente quedó aletargado, no se estableció en una opinión pública positiva porque la moneda de cambio fueron los problemas económicos sufridos y no los proyectos políticos para el futuro. La Argentina de Menem empezó a conocerse como la década corrupta.

Piqueteros y caceroleros

Como decía Maquiavelo, el poder no se desafía cuando está en su apogeo sino cuando comienza a decaer. La falta de efectividad de los políticos establecidos abrió una brecha a públicos activos que comenzaron a expresarse desde dos estratos sociales diferentes. Las organizaciones piqueteras y la "masa cacerolera" se constituyeron por los problemas económicos de sus integrantes, unos pasaban hambre a los otros les habían robado sus ahorros. La persistencia otorgó la estabilidad suficiente para que los piqueteros se organizaran en una suerte de partidos políticos.

Los caceroleros, en cambio, provenientes de las clases medias más o menos acomodadas pero saqueadas por el Estado y carentes de vínculos internos, contestatarios pero de problemas individuales evolucionaron a grupos de ahorristas estafados y luego desaparecieron. "Que se vayan todos" había sido su clamor en desprecio a la clase política, pero no se fue nadie y no hubo nadie allí que enfrentara a los peores que regresaron. Los que antes habían salido a golpear las cacerolas con sus alhajas y cucharones volvimos a votar a los que estuvieron siempre.


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